A traves de la Fundación Sumapaz realizamos el documental Territorios Sagrados Para la Vida como un homenaje a lideresas y líderes que defienden con sus voces y sus cuerpos al medio ambiente, la vida y la paz en el suroeste de Antioquia

Hay territorios que pueden medirse en hectáreas, en toneladas de minerales o en millones de pesos. Y hay otros que una comunidad mide de otra manera: por sus ríos, sus montañas, sus cultivos, sus caminos, sus recuerdos y las generaciones que han nacido y vivido allí.

De esa segunda manera de entender el territorio habla el video “Territorios Sagrados para la Vida”, una mirada que encuentra en las montañas del Suroeste antioqueño algo mucho más profundo que un espacio disponible para la explotación de recursos.

El concepto pertenece al proceso del Cinturón Occidental Ambiental (COA), una articulación de organizaciones campesinas, indígenas, ambientales y sociales que entiende el territorio como “un espacio de construcción colectiva, sagrado para la vida”. Para el COA, allí se entrelazan relaciones sociales, culturales, económicas y ambientales que construyen la identidad del Suroeste antioqueño.

No es solamente una discusión contra la minería

En municipios como Jericó, Támesis, Pueblorrico, Caramanta, Valparaíso, Jardín y Andes, distintas organizaciones han construido durante años una propuesta alrededor de la defensa del agua, la agricultura, la cultura campesina, la participación comunitaria y la autonomía territorial.

La oposición a grandes proyectos mineros, como el proyecto Quebradona, hizo visible este movimiento, pero reducirlo a un simple “no a la minería” sería perder buena parte de su significado.

El COA también habla de agroecología, educación popular, economía solidaria, planes de vida comunitarios y participación en las decisiones sobre el territorio.

Es decir, detrás de la pregunta “¿queremos minería?” existe otra mucho más profunda:

¿Qué queremos que sea nuestro territorio?

Una montaña puede contener oro. Pero también contiene agua.

Para el modelo extractivo, una montaña puede representar un depósito de minerales que debe ser aprovechado.

Para quienes habitan el territorio, esa misma montaña es el origen de de la vida, una quebrada, el lugar de cultivo, el paisaje que forma parte de su identidad y un espacio que debe permanecer para las generaciones futuras.

Por eso el conflicto de Quebradona no puede entenderse únicamente como una discusión sobre cobre, oro o inversión.

Es también una discusión sobre dos maneras diferentes de imaginar el futuro.

La investigación de la Universidad Nacional sobre el conflicto de Quebradona documenta precisamente cómo el proceso comunitario que dio origen al COA surgió como respuesta a las preocupaciones frente a la explotación minera y cómo se desarrolló el proceso educativo Territorios Sagrados para la Vida, con apoyo de la Universidad de Antioquia.

Una imagen resume muy bien aquella resistencia: en Jericó, comunidades colocaron pequeñas banderas en sus casas con dos mensajes sencillos:

“Sí al agua”

“No a la minería”.

¿Y qué dice la ley?

Aquí aparece una paradoja que Colombia todavía debe resolver.

La legislación reconoce la minería como una actividad económica y permite otorgar títulos para la exploración y explotación de minerales. Pero ese derecho no es absoluto.

La Corte Constitucional ha dicho que la actividad minera debe respetar las normas ambientales y los derechos de las comunidades. En su Sentencia C-389 de 2016 estableció que la autoridad minera debe verificar condiciones mínimas ambientales y garantizar mecanismos de participación ciudadana. También recordó que, cuando están involucradas comunidades étnicas, la consulta previa es un derecho fundamental y que, frente a afectaciones particularmente intensas, puede ser necesario su consentimiento previo, libre e informado.

Esto significa que la pregunta no puede ser simplemente si existe un mineral debajo del territorio.

También debemos preguntarnos qué existe encima de ese mineral y quién tiene derecho a decidir sobre ello.

¿Territorio o recurso?

Tal vez allí esté el verdadero significado de “Territorios Sagrados para la Vida”.

No significa necesariamente que las comunidades nieguen la existencia de minerales o que toda minería deba desaparecer.

Significa reconocer que el territorio tiene valores que no caben en un contrato minero.

El agua no es solamente un recurso.

La montaña no es solamente una reserva mineral.

La tierra no es solamente un área de producción.

Y una comunidad no es solamente una población ubicada sobre un yacimiento.

Son parte de un mismo sistema de vida.

Por eso la discusión minera que hoy vuelve a ocupar la agenda nacional debería escuchar también estas voces.

Porque Colombia puede necesitar minerales para su desarrollo y para la transición energética. Pero eso no significa que todos los territorios deban estar disponibles para extraerlos.

La verdadera pregunta es otra:

¿Dónde debemos extraer y dónde debemos preservar?

Y, sobre todo:

¿Quién debe participar realmente en esa decisión?

Quizá el mensaje más poderoso de Territorios Sagrados para la Vida sea precisamente ese: antes de preguntarnos cuánto vale lo que hay debajo de una montaña, deberíamos preguntarnos cuánto vale la vida que existe alrededor y encima de ella.

Porque un territorio no es solamente aquello que aparece en un mapa.

Es también aquello que una comunidad reconoce como suyo, lo que protege, lo que recuerda y lo que quiere entregar vivo a las próximas generaciones.